
Javier volvía del instituto; venía tarde, se había quedado en la biblioteca y la noche se le echaba encima. Apuró el paso y tomó el atajo del bosque; llegaría antes. Había llovido toda la tarde y los árboles aún soltaban gotas por sus hojas.
Caminaba cabizbajo, cuando casi tropieza con él: estaba sentado en el suelo, la espalda apoyada en un árbol, pálido , lleno de frío, mojado y temblando. Los ojos negros le brillaban y miraba sin ver.
Javier quedó mirándolo y le preguntó: ¿Quién eres? ¿De dónde vienes?, pero el joven no respondía. Sólo movió una mano hacia Javier; este cogió su mano, fría como la de un muerto, y quiso levantarlo, pero a pesar de sus robustos dieciséis años, le fué imposible.
Metió los dedos en la boca y silbó dos veces , una larga la otra corta, era la señal que su abuelo le había enseñado, seguro que lo oirían.
Esperó un instante, pronto sintió pasos y el ladrido amigo de Lola, una de las perras de la casa, venía acompañada de León y Chacha.Los tres perros le saludaron mientras olfateaban con desconfianza al desconocido.
Javier mandó a Lola, la mas rápida y lista de los tres, Lola, llama al abuelo, corre, corre, Lola dió la vuelta y corrió para la casa, los otros dos quedaron junto a Javier que trataba de que el muchacho se pusiera de pie
Lola llegó a la puerta y con fuertes ladridos angustiosos y rascando con sus patas delanteras, cumplía con el encargo de su amo.
Oyeron a Lola, el padre de Javier se asomó extrañado. Miró alrededor, pero Lola quería que le siguiera," papá
venga usted creo que es el rapaz, algo le pasa". Echaron a andar y volvieron a escuchar el llamado de ayuda de Javier, el abuelo contestó, con otro silbido, corrieron siguiendo a Lola.
Llevaron al joven a la casa, la madre comenzó a desnudar al chico para hacerlo entrar en calor, mientras la abuela, le ponía paños calientes en los pies.
El muchacho era un soldado, pronto notaron que aquel chico había recibido una tremenda paliza, llamaron a la policía y les avisaron que trajeran una ambulancia. Llegaron rápidamente, embolsaron las pertenencias del joven y se lo llevaron. Javier pidió acompañarlo pues se sentía algo responsable de él.
El muchacho quedó en el hospital, Javier se sentó en la habitación junto a él, no sabía que hacer, pero pensaba que era su obligación.
Pronto llegaron militares que lo vieron y marcharon muy preocupados. Al poco rato entró un médico, que reparó en Javier, este se atrevió a preguntar ¿como está?, el médico le dijo que estaba mal, pero que no dejara de hablarle, de leerle, los periodicos, libros, que le contara cosas, historias, chistes, cualquier tontería, pero que le hablara.
Javier empezó por presentarse, decirle lo que hacía, hablarle de sus perros.....
Al otro día entró un militar seguido de unos cuantos más; Javier vió que era un alto mando. El general se acercó al muchacho, lo besó y dijo a los que le acompañaban, es mi nieto, estudia periodismo y quería investigar desde dentro el asunto de las novatadas;¡Quiero a los responsables ante mí, y que no muera mi nieto; les doy cuarenta y ocho horas!.
Se marcharon, nadie reparó en él. Javi le fué contando cosas, cada día hablaba más con el corazón, le contó todos sus secretos, los mas íntimos sentimientos, le cogía la mano y así le hablaba bajito, despacio, suavemente.
Un día llegó y lo saludó como siempre, cuando iba a besarle, el enfermo abrío los ojos y sonrió.
Javier quedo aturdido, confuso, hola, dijo el enfermo, hola, le contestó y para su fortuna en ese momento se abrió la puerta y entraron el general y los médicos, todos contentos con la buena nueva.
Javier aprovechó el momento y salió de allí, corrió, corrió como loco, sudaba y lloraba.
Llegó a casa y entró por el corral, subió al desván,un lugar al que nadie subía; era su refugio secreto.
Se sentó allí y lloró: se dió cuenta de que lo había perdido, de que ya no le pertenecía, de que ya no lo podría besar, no podría saborear su boca suave y tibia y que él tanto amaba... sintió dolor al descubrir que no iba junto a él a hacer que se curara, sino a contarle cuánto lo amaba, cuánto le gustaban los besos que le daba, lo tibio de sus manos.
El deseaba que siguiera siempre dormido, como la princesa del cuento, y él cuidando de él, sintiendo que sólo estaban ellos en el mundo.
Sintió un dolor fuerte en el pecho, y todo se volvió negro a su alrededor. Pensó que a sus dieciséis años ya no tenía nada en el mundo: su único amor ya no lo recordaría, no sabría cuanto lo amaba, y si lo supiera, lo despreciaría y el moriría de pena y vergüenza. Prefería morir sin ver su desprecio en aquellos ojos negros con los que soñaba cada noche.
Cogió una cuerda, la ató a una viga del techo y se colgó.
Su corta vida acabó con su primer amor.